Allá por el principio de los años
70 solía mirar los libros que mis abuelos maternos poseían dentro de un mueble
del salón de su casa. Vivían muy cerca de mis padres, en el barrio de Vila Guilherme,
en la ciudad de São Paulo.
Entre los libros que el entonces
niño Pablo hojeaba se encontraba uno, especialmente, que me llamaba la
atención: “La Astronomía” de Josep Comas i Solà. Era una edición de 1939 (Ed.
Ramón Sopena de Barcelona) con una portada magnífica mostrando un grabado en
colores de escarpadas montañas lunares y un eclipse del Sol producido por la
Tierra. Alrededor de este dibujo se esparcían cometas y planetas sobre un fondo
de tela azul en un estilo bien típico de aquella época.
Quizá lo que más me sorprendió
del libro fueron los dibujos del planeta Marte y de los satélites de Júpiter.
Comas i Solà era un excelente astrónomo catalán que dirigía a principios del
siglo XX el observatorio de Fabra, en el Tibidado (Barcelona). Su agudizada
visión le permitió discernir algunas manchas en la superficie de Ganimedes y
Calisto, algo inaudito para los instrumentos de aquella época. Además tuvo el
mérito de descubrir que el satélite Titán (de Saturno, el más grande del sistema
solar) tenía una atmosfera que, años más tarde, otros astrónomos confirmarían.
También descubrió cometas y
asteroides además de ser un gran observador del Sol. Creo que ojeando esta obra
en la penumbra del salón de mis abuelos me despertó la pasión por la astronomía
y el firmamento. Basta decir que, con doce años, construí me primer telescopio
refractor con un objetivo de 70 milímetros que encargué en una óptica y con una
ocular de un microscopio roto. No os podéis imaginar la emoción que fue para mí
ver los cráteres lunares con unos 30 aumentos, los anillos de Saturno, los
cuatro principales satélites de Júpiter o las fases de Venus.
Poco a poco fui perfeccionando
aquél telescopio, con una montura mejor, con mejores oculares, etc. También
empecé a dibujar lo que veía – tal como hacía Comas i Solà – a través de las
oculares como podéis ver en este artículo.
Los intentos de fotografía
astronómica no fueron muy positivos, sin embargo revelé yo mismo algunas fotos
en blanco y negro, con carretes de 100 y 400 ASA.
Un día – ya en España – leyendo
el libro “Historia de la Astronomía Amateur en España: hechos anécdotas, logros
y sinsabores de una afición muy celestial” de Josep María Oliver (Ed. Sirius,
1997, Madrid) encuentro que Josep Comas i Solà (1868-1937) también se había
dedicado a investigar los fenómenos entonces llamados mediúmnicos. Eso sí,
desde un punto de vista científico y escépticamente sano. Hasta dejó publicada
un obra sobre estas investigaciones en las que empieza con mucho ánimo (hasta
creyendo en alguno de los fenómenos) y terminando decepcionado con los fraudes
que pudo descubrir entre varios médiums.
Así surgió el reportaje que hice
para “Cuarto Milenio”, entrevistando a personas como Manuel Berrocal (de la
Sociedad Española de Parapsicología) David
Santamaría, del Centre Barcelonès de Cultura Espírita, Alberto Jiménez, director del Observatorio Astronómico “El
Castillo” de Borobia (Aragón) y Sebastían Darbó, periodista y gran divulgador
de misterios. A todos ellos agradezco inmensamente la participación además de las
excelentes dramatizaciones realizadas por el director de cine y tv Manuel Romo,
que supo, con maestría, recrear el ambiente de época de las famosas sesiones
espiritistas.
También, para este reportaje,
tuve la oportunidad de conocer el magnífico Observatorio de Fabra, con
extraordinarias vistas hacia la ciudad condal. En el interior de su cúpula se
conserva el telescopio que Comas i Solà empleaba en sus observaciones
nocturnas; en un sala está su escalofriante máscara mortuoria que a mí me
recordó los moldes de cera de los rostros de presuntos espíritus que los
médiums decimonónicos y de principios del siglo XX invocaban durante las
sesiones alrededor de una mesa.
